La hija de Patricio Aylwin: "Pinochet tendría que haber ido preso"

MONTEVIDEO (Sputnik) — El expresidente chileno Patricio Aylwin (1990-1994), cuyo mandato puso fin a la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990), fue un hombre muy libre pese a las presiones que ejercían las Fuerzas Armadas, dijo a Sputnik su hija, la exministra y exdiputada Mariana Aylwin.
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"Por las características de la personalidad de mi padre, él se sintió siempre bastante libre y fue muy directo con Pinochet (...) El Gobierno de mi padre representó el fin a las violaciones de los derechos humanos y el restablecimiento de la verdad y de la justicia", dijo Aylwin, profesora, exparlamentaria y exministra.

Patricio Aylwin, líder del Partido Demócrata Cristiano durante el Gobierno de Salvador Allende (1970-1973), fue un duro opositor del mandatario socialista y apoyó inicialmente el golpe militar liderado por Pinochet.

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Tras la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988 en el que buscaba legitimarse en el poder hasta 1997, Aylwin encabezó la campaña por la democratización al frente de una coalición de centroizquierda (que también incluía al Partido Socialista) y que desembocó en las elecciones de 1990, en las que fue elegido presidente.

El proceso de "transición a la democracia", con Aylwin a la cabeza, es cuestionado por algunos sectores de la sociedad chilena porque no se propuso una derrota frontal del régimen.

Mariana Aylwin, quien fue diputada (1994-1998) y ministra de Educación del Gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006), observó que si bien Pinochet se mantuvo como jefe del ejército por ocho años, el Gobierno de su padre no dudó en crear la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación para investigar los crímenes de la dictadura.

"Pinochet le planteó a mi padre que no hiciera la Comisión de Verdad y Reconciliación; le dijo que eso era un error y mi padre le contestó "esa es una atribución mía". Se hizo la comisión, que fue muy importante, porque estableció que en Chile se habían violado los derechos humanos por parte del Estado", dijo.


— Hace 30 años Augusto Pinochet le entregaba el poder a su padre. ¿Qué implicancias tiene este 11 de marzo para usted y para el pueblo chileno?

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— Hoy estamos viviendo un tiempo bien especial, donde el orden que se estableció en ese momento está en crisis. Creo que hay que rescatar varios elementos de lo que permitió que Chile tuviera una transición pacífica a la democracia, que tuviera estabilidad política durante tantos años y que eso hiciera que el país se pusiera en una situación de liderazgo en América Latina.

Ese momento fue muy especial porque hubo un espíritu en el país de buscar acuerdos, la gente ya no quería más guerra, llevábamos 20 años divididos entre amigos y enemigos, patriotas y traidores. Eso ayudó mucho al Gobierno de mi padre, que representó el fin a las violaciones de los derechos humanos, el restablecimiento de la verdad y de la justicia y el fin de los detenidos políticos.

— Usted en ese momento trabajó como asesora. ¿Qué anécdotas tiene y qué le contaba su padre?

— Creo que hubo muchas cosas importantes que tuvieron que ver con cómo se manejó la relación con las Fuerzas Armadas. Pinochet le planteó a mi padre que no hiciera la comisión de verdad y reconciliación; le dijo que eso era un error, y mi padre le contestó "esa es una atribución mía". Se hizo la comisión, que fue muy importante, porque estableció que en Chile se habían violado los derechos humanos por parte del Estado.

— Entonces su padre enfrentó la tensión entre tratar de mantener a los militares bajo control pero también luchar por la verdad y la justicia. ¿Cómo se sentía en esa época esa tensión?

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— Fue la principal tensión, era una amenaza permanente. Mi padre fue muy criticado por una frase que él dijo ["Vamos a establecer toda la verdad y justicia en la medida de lo posible"]. Si hubiera habido una justicia total, Pinochet tendría que haber ido preso. Sin embargo, era el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, no era posible en ese momento hacerle juicios. Después de 1998 se iniciaron los juicios contra Pinochet; nunca un chileno tuvo tantos procesos judiciales en contra. Mucha gente piensa que eso fue poco, pero se hizo lo posible.

— ¿Cuándo el Gobierno comenzó a sentirse más libre y no tan presionado por los militares?

— Por las características de la personalidad de mi padre, él se sintió siempre bastante libre y fue muy directo con Pinochet. Por ejemplo, una vez Pinochet tenía un problema con unos cheques pagados por una empresa del Ejército a un hijo suyo y le pedía a mi padre que arreglara eso. Mi padre le dijo "usted está equivocado; usted antes podía porque era dictador, pero aquí hay separación de poderes. Yo no puedo intervenir en la justicia".

— Todo este relato que usted está haciendo parece aún más importante en el contexto que está viviendo Chile actualmente con masivas protestas y con el proceso de reforma de la Constitución. ¿Qué enseñanzas brinda el pasado a este presente?

— Desgraciadamente cada generación toma sus propias decisiones y me parece que las enseñanzas de la transición chilena están un poco en el olvido y son desvalorizadas. Hoy en día está desvalorizada la cultura de los acuerdos.

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Está desvalorizada la política de los acuerdos y del entendimiento, de buscar lo que une por sobre lo que divide; ahora tenemos una sociedad muy polarizada y semejante a la cultura que hubo previo al golpe militar en el año 1973.

El mundo político está tremendamente desprestigiado; tenemos un presidente (Sebastián Piñera) con una bajísima popularidad y una clase política que la tiene más bajo aún.

Con todo, el país sigue funcionando, pero uno no sabe qué es lo que va a pasar; hay mucha incertidumbre; el camino constitucional creo que es la solución. No obstante, ese camino tiene una duración de dos años.

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