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Periodista sirio con asilo en España: "Ha sido un milagro"

Mohammed Subat es periodista. Llegó a Madrid en mayo del año pasado. Salió de su ciudad natal, Daraa, en Siria, en medio de los bombardeos. Pasó por Turquía y en una operación inaudita, consiguió un permiso de estancia en el país europeo. Mientras espera que se formalice su situación, aprende español y desea "la vuelta a la normalidad" del pasado.
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Hay dos escenas que Mohammed Subat nunca olvidará. Una es la de su padre viendo cómo le esposaban en una manifestación pacífica. La segunda, la de ese mismo padre sollozando en la puerta del hospital, tras una amputación de pierna de otro de sus hijos.

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Las tiene clavadas en la retina y le brotan las lágrimas cada vez que las recuerda. Esas trágicas estampas aún le conmueven en un mediodía templado del centro de Madrid, meses después de haber recalado en esta ciudad con un documento de asilo político. Gracias a la ayuda del Comité de Protección de Periodistas (CPJ, en sus siglas en inglés), este joven de 29 años ha podido huir de Siria, su país natal. Acaba de volver de una clase de español, que recibe de forma gratuita en una oenegé, y pasea por el local de la Fundación porCausa. Subat ayuda voluntariamente a este equipo de periodistas que conforma la asociación. Él también lo es, aunque su singladura no pasa por una facultad. En realidad, Subat tiró por la psicología en Damasco, la capital. Empezó en 2007, después de haber aprobado la selectividad holgadamente, pero nunca la terminó. En 2012, con la llamada Primavera Árabe, acudió a las protestas que organizaban algunos estudiantes de su campus. En una de ellas lo arrestaron y tuvo su primer contacto con la celda.

"Me llevaron a una prisión durante ocho días. Me pegaban y me electrocutaban", rememora este viernes de febrero, adoptando la posición fetal en la que tenían que colocarse los presos para caber en la estancia.

La experiencia le marcó física y psicológicamente. En el arresto le raparon el pelo. Al regresar a la universidad, su cabeza se correspondía con la de los rebeldes que protestaban contra el régimen de Al Asad. "No quería tener problemas, porque incluso en la facultad había gente que me miraba mal. Así que volví a Daraa, donde viven mis padres", indica.

Corría 2012 y la guerra ya era más que oficial. Lo que no sabía aún es que se iba a perpetuar en el tiempo. "Me quedé allí y empezaron los ataques", señala, gesticulando para ilustrar los aviones y las metralletas. En Daraa, las ofensivas fueron "muy duras". Como bastión del Ejército Libre, los bombardeos eran continuos.
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En 2016 la situación se recrudece. Sigue la contienda sin un horizonte final y el sueldo de su padre se reduce a casi una décima parte ("de unos 400 euros al mes a 40", subraya el refugiado) mientras la vida se encarece. Y su madre es empleada del hogar, sin ingresos. A Subat le alcanzan las balas de un francotirador, que han dejado en su muslo izquierdo una extensa cicatriz y una ráfaga de tres orificios. Además, la explosión de una granada y unos disparos anónimos dejan a dos de sus hermanos sin extremidades, consolidando esa segunda estampa paterna que no consigue sacar de su mente.

"En cuatro días, dos piernas", resume, después de contar la batalla por llegar a un hospital y conseguir que el daño no fuera mayor.

Subat fue mandado de nuevo al calabozo después de protestar en la calle junto a varios amigos y dos de sus hermanos (en total tiene seis hermanos y dos hermanas de entre 11 y 34 años). Ahí es cuando vio por primera vez el rostro desolado de su padre que aún le hace llorar. En esta ocasión, su internamiento duró tres días y fue menos agresivo.

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Pero introdujo en él la determinación de salir del país si no acababa la contienda. "Estuve tres o cuatro meses muy mal. Echaba de menos a mis amigos, a la novia que tenía en Damasco, y tuve un periodo horrible". Le ayudó juntarse a un amigo periodista. Su afición por la fotografía le empujó a acompañarle en sus labores. Poco a poco, se inmiscuyó en el oficio. Y empezó a publicar sus propias historias. "Colaboré con agencias y medios nacionales", expresa, reconociendo la inexperiencia de sus inicios. "Iba aprendiendo según ejercía. Mandaba textos, fotografías y vídeos", apunta, enseñando la tarjeta que lo acredita en la actualidad como periodista, expedida por el sindicato CNT (Confederación Nacional del Trabajo).

"Uno de mis hermanos se va a Jordania. Ya tenía a una de mis hermanas en Egipto. Y la vida cada vez era más difícil", explica apenado, justificando su decisión de abandonar Siria.

Parte desde Daraa hasta Nawa, al sur, con la intención de cruzar a Jordania. La policía lo retiene y termina expulsado. Y en 2017 se atreve a tirar hasta Damasco y luego Homs. "Salían unos 20 autobuses al día con familias y matrimonios. Yo, que no viajaba con nadie, me planté en la frontera con Turquía solo tras muchas horas de peligro por carretera", comenta. Allí pasó 16 días. Hasta la tercera intentona, previo pago de 1.500 dólares (unos 1.370 euros), no logró sortear a las fuerzas de seguridad turcas.

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"Me echaron dos veces. La última pasé de Idlib a Antioquía y luego un trayecto de una jornada hasta Estambul". Era verano de 2018. Tenía un amigo en la capital turca. Y aprovechó para quedarse con él, reemprender sus tareas de periodista y hacer contactos. Estuvo ocho meses con un permiso de estancia temporal. Pensó varias veces en atravesar el Mediterráneo hasta Grecia, pero las noticias que llegaban de esta travesía no eran alentadoras. Apareció Ignacio Miguel Delgado, un español afincado en Líbano y miembro del mencionado CPJ. Dio con él y comenzó los trámites para su asilo en España.

"Eligieron a 12 personas y cinco venían aquí, a España. Los demás se repartían por Francia u otros países", dice, aclarando que fue algo inaudito. A su lado, José Bautista, uno de los integrantes de PorCausa, confirma la dificultad del proceso: "Ha funcionado de milagro". A Subat le daba igual el rumbo, pero su simpatía por el idioma y por el fútbol le inclinan a la Península Ibérica. El 12 de julio de 2019, el ministerio de Interior admite a trámite su petición de asilo. Un proceso que a menudo se complica, según la Comisión española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Y aterriza en Madrid. En 2019 hubo 118.264 peticiones de asilo en España, de las cuales 2.419 eran de ciudadanos sirios, muchos todavía en espera de una respuesta, tal y como exponen desde CEAR.

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"Nos dieron casa en Valdebernardo (un barrio del sureste de la ciudad). Éramos seis. Luego nos tocó buscar un piso", afirma, mostrando la tarjeta roja que acredita la solicitud de protección internacional. "Puedo quedarme aquí, no sé hasta cuándo, pero no trabajar ni viajar. Y tengo muchas ganas de ver a mi hermana en Egipto", lamenta. Gracias a un subsidio de 725 euros consigue alquilar una habitación en Vallecas (por 375 euros) y pagar el abono del transporte, la comida y las llamadas a su familia en Siria. Aparte de la incertidumbre que le asola cada noche, Subat sueña con la normalidad de hace unos años. Con un futuro en el que pueda ejercer como periodista, reencontrarse con su pandilla y, quizás, suprimir de su cabeza esas imágenes que le arrastran irremediablemente al llanto.

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